A los pocos minutos de salir de aquella casa me di cuenta de la hora que era y me puse a pensar sobre qué cenar [mis conversaciones internas son muy profundas]. Terminé por decidirme por lo de siempre: película, música y cerveza. ¿Comer? ¿Para qué? Acabará saliendo de todos modos; además, ya comería algo al día siguiente.
En mi paseo hasta casa me crucé con un compañero de clase y su perro [no se veía bien quién paseaba a quién pero yo le hablé al que parecía más alto] y me pararon en medio de la calle.
-¿Qué tal? –me preguntó-.
-Mmm… Bien, con frío, y ¿tú? –respondí sin ganas-.
-Aquí, paseando al perro [esto me aclaró lo de antes].
-Ah, sí. No veía al “pequeño” pastor alemán…
-Se llama… -comenzó-.
-Shh –lo callé-, me la suda como se llame, lo voy a seguir llamando “pastor alemán”.
Me miró sorprendido por el corte de la frase y siguió:
-Cliff.
-¿Te he dicho ya que me da igual? No me acuerdo –respondí metiendo la llave en la cerradura-.
-¿Qué tal con tu padre? –preguntó con malicia [de verdad creía que podía hacerme daño… Qué ingenuo]-.
No dije nada, no hice nada. Saqué la llave del portal y lo invité a dar un paseo mientras pensaba qué contestar [era graciosa su expresión, cada segundo con más miedo]. Pasamos al lado de la casa de una chica de clase y nos paramos.
-¿Quién timbra y le dice que te gusta? –pregunté-.
-¿Cómo?
-Sé que te gusta Nai.
-Y ¿cómo sabes esa tontería?
-Para mí es muy fácil y creo que ella también sabe algo.
Se quedó mudo y, pasados unos minutos, revivió:
-¿Cómo lo sabes?
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