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viernes, 29 de julio de 2011

Capítulo 3.b

            -He visto alguna conversación con ella y en todas ellas hablas lo mejor que puedes, ortográficamente hablando, claro; cuando tú eres de esos que cree que el abecedario sólo tiene consonantes. Sabiendo que ella lee tanto como sabemos que hace y lo inteligente que parece querrías impresionarla y, con eso, interesarle [inútil, pero se hace]. También he visto los temas que tratáis. Sabes que ella pertenece a Greenpeace desde hace algún tiempo, por lo que tendrías que hablar sobre eso para acercarte a sus intereses, y es por eso por lo que te vi en la biblioteca de la universidad ojeando un libro sobre naturaleza. Además, tienes una pequeña herida con forma de N entre los dedos índice y corazón para evitar que se leyese y pudieran descubrir tu secreto [sigo sin saber por qué la gente sigue siendo tan estúpida como para autolesionarse con cosas así]. Y no, no intentes decirme que es por tu madre, porque ¿qué chico de nuestra edad se pinta cosas de su madre? Y no digamos ya el cortarse algo relacionado con sus padres. Te conozco.
Él se limitó a asentir todo lo que le había dicho y a rogarme que no contara nada a Nai.
-Mmm… Tarde, hoy por la mañana le conté todo esto, pero tranquila, le he hablado bien de ti y dice que también está interesada en ti.
-¿En serio? –preguntó sobresaltado-.
-Sí, así que timbra y dile todo lo que le tengas que decir.
Timbró y yo me aparté un poco hacia la izquierda.
            -¿Sí? –se oyó por la ventana-.
 Miramos hacia arriba y empezó a contarle que la amaba, que no podía vivir sin ella y esas gilipolleces que se dicen. Esperó unos minutos y se metió en casa Nai. Mi amigo pensó que sería para bajar y hablar más cómodos, cara a cara. Cuando volvió, una lluvia de lejía bañó al enamorado junto con unas bonitas palabras:
            -Jack me avisó de que intentarías algo así. Sé lo de vuestra apuesta, que vas a todas las corridas de toros que puedes y tu ignorancia de la existencia de vocales.
            -¡Es mentira! No tenemos ninguna apuesta, no me gusta la tauromaquia y lo de las vocales… Simplemente me ahorra tiempo.
            -También me dijo que eras un mentiroso y que sólo me fiara de él, así que adiós –y cerró la ventana-.
Mi “amigo” [cada vez menos amigos por lo que sé] me miró con cara de asesino y se limitó a preguntarme a qué vino eso, haberle arruinado la relación con la chica de su vida.
            -No me vengas con gilipolleces como esas. ¿La mujer de tu vida? ¿A tu edad? Tienes que conocer aún a cientos de personas y alguna de ellas sí, será Ella. Vamos a ver, hay seis mil millones de personas en el mundo, ¿crees de verdad que tu media naranja va a vivir a dos manzanas de tu casa? Por favor.
Él no dijo nada y agachó la cabeza pensando en lo que le había dicho. Yo me volví para casa definitivamente y cando estaba a punto de cruzar la esquina me di la vuelta y dije:
            -Por  cierto, con mi padre bien, gracias.
Y me fui.

Capítulo 3.a

A los pocos minutos de salir de aquella casa me di cuenta de la hora que era y me puse a pensar sobre qué cenar [mis conversaciones internas son muy profundas]. Terminé por decidirme por lo de siempre: película, música y cerveza. ¿Comer? ¿Para qué? Acabará saliendo de todos modos; además, ya comería algo al día siguiente.
En mi paseo hasta casa me crucé con un compañero de clase y su perro [no se veía bien quién paseaba a quién pero yo le hablé al que parecía más alto] y me pararon en medio de la calle.
            -¿Qué tal? –me preguntó-.
            -Mmm… Bien, con frío, y ¿tú? –respondí sin ganas-.
            -Aquí, paseando al perro [esto me aclaró lo de antes].
            -Ah, sí. No veía al “pequeño” pastor alemán…
            -Se llama… -comenzó-.
            -Shh –lo callé-, me la suda como se llame, lo voy a seguir llamando “pastor alemán”.
Me miró sorprendido por el corte de la frase y siguió:
            -Cliff.
            -¿Te he dicho ya que me da igual? No me acuerdo –respondí metiendo la llave en la cerradura-.
            -¿Qué tal con tu padre? –preguntó con malicia [de verdad creía que podía hacerme daño… Qué ingenuo]-.
No dije nada, no hice nada. Saqué la llave del portal y lo invité a dar un paseo mientras pensaba qué contestar [era graciosa su expresión, cada segundo con más miedo]. Pasamos al lado de la casa de una chica de clase y nos paramos.
            -¿Quién timbra y le dice que te gusta? –pregunté-.
            -¿Cómo?
            -Sé que te gusta Nai.
            -Y ¿cómo sabes esa tontería?
            -Para mí es muy fácil y creo que ella también sabe algo.
Se quedó mudo y, pasados unos minutos, revivió:
            -¿Cómo lo sabes?

miércoles, 27 de julio de 2011

Capítulo 2.b

-Usted, Anna, lleva la marca del anillo que, tras cuatro años de feliz o infeliz matrimonio, suele quedar, pero él no, de modo que, o no suele llevarlo demasiado o no le suele dar el sol pero trabajando de empresario supongo que sí debería llevarlo al descubierto; por eso en cuanto usted mencionó lo de su matrimonio, salió a por el anillo.
-¿Cómo sabes en qué trabajo?
-Sé que una casa así valdría una gran suma de dinero y que o te ha tocado la lotería, lo cual excluyo por improbable, o ganas mucho dinero.
-También me lo ha podido dejar un familiar en herencia.
-No es una zona donde viva alguien mayor que dejar en herencia, dado que estadísticamente sólo las personas mayores son las que hacen el testamento.
El hombre no dijo más.
-Otra prueba es que hoy no se ha duchado en casa, por lo que en cuanto ha venido se ha echado toda la colonia que pudo para tapar el otro aroma [nunca funciona, no lo intentes], conozco el gel que ha mencionado y no es al que huele.
-¿Has venido a mi casa a insultarme? –preguntó el marido enfadado [normal, estaba a punto de destrozar su matrimonio]-
-Mmm… No, he venido a darle una carta a su hija y a salvar a su mujer de pasar más tiempo con un cabronazo como usted, pero no se preocupe, no lo perseguiré [porque no sabía dónde iría].
-Sólo tienes eso, que ni siquiera puedes llamar pruebas –se aferró a lo último que pudo [que graciosos resultan en esos momentos]-.
-Creo que no.
Saqué del bolsillo una cosa: dos entradas de cine con una nota.
-¿Ahora me vas a pedir para salir? –preguntó irónicamente [o eso espero]-.
-Yo no, pero la rubia que lo espera abajo con el Seat rojo creo que sí; o eso, o es taquillera del cine y está descansando en el portal. Elija la opción que más le guste.
La mujer cogió la nota y la leyó para sí, sin dejársela ver a su marido [no te preocupes, yo la leí mientras subía a su casa y te la escribiré: “Lo de anoche estuvo genial, Marc. Eres uno de los pocos solteros atractivos que quedan por el mundo y me gustaría aprovechar la suerte que he tenido al encontrarte intentando llegar a algo contigo. Un beso, Clarice.”].
No dije más, dejé la carta en la mesa y los perdí de vista con una sonrisa maliciosa mientras oía los gritos y golpes de las sillas y los electrodomésticos. De repente, entró Lucy y le relaté brevemente que yo era la persona a la que le había llegado la carta que tiene en la cocina.
-¿Sabes por qué se están peleando mis padres?
-Mmm… Por una nueva amiga de tu madre, entra y pregunta por “Clarice” –dije guiñándole un ojo y saliendo por la puerta-.
Bajé al portal, le expliqué el matrimonio fantasma de Marc a la chica rubia y se ofreció a llevarme a casa. Lo rechacé amablemente y se fue en su coche. Yo me puse los cascos [tengo una amiga; sí, tengo más de una, sorprendente, ¿verdad? que me obliga a decir “auriculares”, pero ella no tiene por qué enterarse de que lo sigo diciendo] y me fui a casa siguiendo las farolas.

Capítulo 2.a

En el momento sobre el que nos moveremos tiene una serie de cosas y personas que habrá que explicar, como que hace cinco años de la actualidad [mira un calendario y no esperes a que te diga en qué año vivimos, no te degrades más, que ese es mi trabajo] conocía a una amiga, de las pocas que hoy en día podría considerar como tal, por casualidad.
Su correo había terminado en mi buzón por equivocación, el cartero no sabía distinguir entre “****” y donde lo mandó en realidad [normal, si no, no sería cartero]. Lo que hice, como buena y curiosa persona que soy, fue llevarle la carta a su casa y contarle el error, dar las gracias por recibirme y quince segundos para saber qué tipo de persona es sin preguntas. Esa tarde estaba liado y pensé ir por la noche, pero la gente suele dormir en ese momento, así que lo dejé para la tarde siguiente.
Fui a su casa a las siete, una hora a la que todo muchacho estaría con sus amigos, con la intención de esperarla en las escaleras o que sus padres me consideraran un buen chico y me permitieran entrar a su casa para hablar con ella.
-¿Sí? ¿Quién eres? –preguntó el que aparentaba ser su padre-.
-Buenas tardes, quería hablar con su hija sobre una carta que han puesto en mi buzón de su padre –respondí jugando con la carta con mis manos-.
Me miró de arriba abajo el desconfiado [creería que quería robar y en el sobre había ántrax o la cuerda con la que atarlos; en fin, más padres estúpidos] y me dejó pasar sin quitar ojo al sobre [se ve que no descartaba lo del ántrax].
-Lucy ahora no está, volverá en unas horas. Esta es mi mujer, Anna.
Ella sonrió sin muchas ganas y siguió tomando su café.
-Encantado, yo soy James [era mejor que no supieran verdadera información sobre mí, ya entenderás].
El tiempo pasaba y nadie parecía tener intención de entablar una conversación, así que comencé:
-¿Llevan muchos años casado?
Se miraron el uno al otro y la esposa respondió que llevaban cuatro felices años casados [pensé cuántos años serían los infelices]. Al instante, su marido se disculpó y salió de la cocina unos minutos que se volvieron silencio de nuevo. Cuando volvió seguí con mis preguntas:
-Me gusta su colonia, señor. ¿Con qué gel se ducha? [sí, sé que “gel” y “colonia” son cosas diferentes y que son preguntas algo personales pero ya me conoces]
-Pues… -dijo él mirando a su esposa con incertidumbre [lo siento por la palabra]-, uno de tapa blanca con “gel” en verde y grande, ¿por qué? ¿No pega con la colonia o algo así? –se reía-.
-Oh, no, no. Era la última pregunta que necesitaba para confirmar que engaña a su mujer.
Lógicamente ambos se quedaron sorprendidos y mudos ante tal deducción, [más interesante te resultará la deducción, sobre todo la última prueba que daré].