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viernes, 29 de julio de 2011

Capítulo 3.a

A los pocos minutos de salir de aquella casa me di cuenta de la hora que era y me puse a pensar sobre qué cenar [mis conversaciones internas son muy profundas]. Terminé por decidirme por lo de siempre: película, música y cerveza. ¿Comer? ¿Para qué? Acabará saliendo de todos modos; además, ya comería algo al día siguiente.
En mi paseo hasta casa me crucé con un compañero de clase y su perro [no se veía bien quién paseaba a quién pero yo le hablé al que parecía más alto] y me pararon en medio de la calle.
            -¿Qué tal? –me preguntó-.
            -Mmm… Bien, con frío, y ¿tú? –respondí sin ganas-.
            -Aquí, paseando al perro [esto me aclaró lo de antes].
            -Ah, sí. No veía al “pequeño” pastor alemán…
            -Se llama… -comenzó-.
            -Shh –lo callé-, me la suda como se llame, lo voy a seguir llamando “pastor alemán”.
Me miró sorprendido por el corte de la frase y siguió:
            -Cliff.
            -¿Te he dicho ya que me da igual? No me acuerdo –respondí metiendo la llave en la cerradura-.
            -¿Qué tal con tu padre? –preguntó con malicia [de verdad creía que podía hacerme daño… Qué ingenuo]-.
No dije nada, no hice nada. Saqué la llave del portal y lo invité a dar un paseo mientras pensaba qué contestar [era graciosa su expresión, cada segundo con más miedo]. Pasamos al lado de la casa de una chica de clase y nos paramos.
            -¿Quién timbra y le dice que te gusta? –pregunté-.
            -¿Cómo?
            -Sé que te gusta Nai.
            -Y ¿cómo sabes esa tontería?
            -Para mí es muy fácil y creo que ella también sabe algo.
Se quedó mudo y, pasados unos minutos, revivió:
            -¿Cómo lo sabes?

miércoles, 27 de julio de 2011

Capítulo 2.a

En el momento sobre el que nos moveremos tiene una serie de cosas y personas que habrá que explicar, como que hace cinco años de la actualidad [mira un calendario y no esperes a que te diga en qué año vivimos, no te degrades más, que ese es mi trabajo] conocía a una amiga, de las pocas que hoy en día podría considerar como tal, por casualidad.
Su correo había terminado en mi buzón por equivocación, el cartero no sabía distinguir entre “****” y donde lo mandó en realidad [normal, si no, no sería cartero]. Lo que hice, como buena y curiosa persona que soy, fue llevarle la carta a su casa y contarle el error, dar las gracias por recibirme y quince segundos para saber qué tipo de persona es sin preguntas. Esa tarde estaba liado y pensé ir por la noche, pero la gente suele dormir en ese momento, así que lo dejé para la tarde siguiente.
Fui a su casa a las siete, una hora a la que todo muchacho estaría con sus amigos, con la intención de esperarla en las escaleras o que sus padres me consideraran un buen chico y me permitieran entrar a su casa para hablar con ella.
-¿Sí? ¿Quién eres? –preguntó el que aparentaba ser su padre-.
-Buenas tardes, quería hablar con su hija sobre una carta que han puesto en mi buzón de su padre –respondí jugando con la carta con mis manos-.
Me miró de arriba abajo el desconfiado [creería que quería robar y en el sobre había ántrax o la cuerda con la que atarlos; en fin, más padres estúpidos] y me dejó pasar sin quitar ojo al sobre [se ve que no descartaba lo del ántrax].
-Lucy ahora no está, volverá en unas horas. Esta es mi mujer, Anna.
Ella sonrió sin muchas ganas y siguió tomando su café.
-Encantado, yo soy James [era mejor que no supieran verdadera información sobre mí, ya entenderás].
El tiempo pasaba y nadie parecía tener intención de entablar una conversación, así que comencé:
-¿Llevan muchos años casado?
Se miraron el uno al otro y la esposa respondió que llevaban cuatro felices años casados [pensé cuántos años serían los infelices]. Al instante, su marido se disculpó y salió de la cocina unos minutos que se volvieron silencio de nuevo. Cuando volvió seguí con mis preguntas:
-Me gusta su colonia, señor. ¿Con qué gel se ducha? [sí, sé que “gel” y “colonia” son cosas diferentes y que son preguntas algo personales pero ya me conoces]
-Pues… -dijo él mirando a su esposa con incertidumbre [lo siento por la palabra]-, uno de tapa blanca con “gel” en verde y grande, ¿por qué? ¿No pega con la colonia o algo así? –se reía-.
-Oh, no, no. Era la última pregunta que necesitaba para confirmar que engaña a su mujer.
Lógicamente ambos se quedaron sorprendidos y mudos ante tal deducción, [más interesante te resultará la deducción, sobre todo la última prueba que daré].