Me llamo Jack, o al menos así me llamaba mi padre antes de morir. ¡Vaya! Acabo de soltar algo así con la mayor tranquilidad del mundo… Acostúmbrate, es sólo una pequeña parte de todo lo que queda por contar. Supongo que podríamos comenzar cuando conocí a Nadia, cuando me fui de viaje a miles de kilómetros de donde se ha desarrollado esta historia, o quizás deba empezar desde que apareció por pura casualidad la persona que me proporcionó el mejor verano que haya tenido nunca.
Antes de nada, establezcamos unas normas: la primera, no os diré dónde vivo, dónde me escondo ni nada por el estilo; usaré cosas como “****” para referirme a mi lugar de residencia y “escondite” donde sea que me haya escondido. Fácil, ¿verdad? Sigamos. La segunda será que tengáis presente en todo momento, desde ahora, que no os daré razones ni ayuda para psicoanalizarme ni nada parecido. Por cierto, “psicoanálisis” es una palabra de cinco sílabas, pero consta en un diccionario si lo buscas, como sé que no harás aunque no tengas ni puta idea de lo que significa.
En cualquier caso, sigamos. La tercera puede ser que la use para definirme un poco y que no parezcas tan tonto cuando intentes quebrantar la segunda norma a lo largo de esta historia. La segunda norma tiene que ver con una definición de mí… Puede que sea una pista. A los que he hecho mirar en un diccionario les he hecho perder cinco minutos –soy muy optimista- de su vida, a los que no lo han buscado por vagancia o por ignorancia les he introducido unas cuantas palabras insulsas más en su mente, y los que ya lo sabían… Se estarán riendo conmigo del otro par de gilipollas que ignoraban la existencia de esa palabra hasta hoy.
Podría describirme como lo hizo cierta persona cuyo nombre termina por una letra del abecedario –no creerías que te iba a decir su nombre y saturar más tu cerebro, ¿no?-: “cabrón manipulador que no le importa nada salvo conseguir lo que quiere, y cuando lo consigue ya no lo quiere o lo desprecia”. ¿Te has fijado que famoso soy por aquí en ese ámbito? Por cierto, también soy un mentiroso, pero no te preocupes, te avisaré cuando mienta guiñándote un ojo, dándote un codazo o de alguna otra manera que puedas percibir mejor.
Me he quedado sin normas, creo. ¡Ah, no! Lo más importante; piensa que esto es sólo una historia inventada y que le puede ocurrir a cualquiera si tuviera la estúpida idea de querer parecerse a mí. Además de todo lo anterior, pondré en cursiva todos mis soliloquios –tranquilo, intentaré buscar palabras más cercanas al comienzo del diccionario a partir de ahora- para que no haya confusiones. Una persona tan formal y buena como yo no querría provocar este tipo de incidentes, por supuesto. ¿He mentido ahora, o hace un rato en lo de mi manía de mentir que, por cierto, se traga mucha gente? Algo falla.
Por una vez en la vida iré al sentido de la corriente –sí, es un insulto mezclado con una metáfora- y comenzar por el principio. Aunque mi presentación haya sido un tanto peculiar, al final de mi historia dirás: “encantado de conocerte”.
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