lunes, 8 de agosto de 2011

Capítulo 4.b

Seguía sin haber nadie en casa, pero mi sueño era más importante, así que me volví a acostar. Cuando desperté a las once o así, sin más sueño fui a ducharme y le eché comida al gato. No vi a mi madre por la casa, por lo que supuse que estaría durmiendo todavía con sueño por la tarde. Cogí el móvil y vi que tenía un mensaje de alguien [si digo “alguien” es porque o no lo quiero decir o porque no sé quién es; fácil, ¿verdad?] : “entonces, ¿cuándo quedamos?”. Cerré el móvil y dije: “no te conozco. Y aunque lo hiciera no te contestaría…”. A pesar de que fueran navidades, esos días los pasaba con mi familia en **** y no donde estudio, a unos ochenta quilómetros de aquí [también la llamo “mi casa”].
Salí a dar una vuelta y hacer tiempo hasta que llegara mi madre para avisarla de que me volvía a casa a coger unas cosas de clase, tras ver que en casa definitivamente no había nadie salvo mi gato y yo. Faltaban unos pocos días para Nochebuena y supuse que la pasaría en casa solo entre apuntes y mis cosas. Nunca me gustaron esas cosas, ni esos regalos entre familiares. Demasiado poco nos conocemos como para demostrarlo con regalos. Tuve que comer solo, mi madre no llegaba y a mí se me hacía tarde, pero bueno, no pasa nada; nunca le importó hacerme esperar, ¿por qué iba a cambiar ahora? Empecé a imaginar que le habría pasado algo, pensé en llamarla, pero el móvil lo tenía en la habitación, a seis pasos del salón donde yo estaba [de pequeño conté cuántos pasos había de unas habitaciones a otras], así que preferí esperar. Si se perdió, encontrará el camino de vuelta, y si la han secuestrado, ya llamarán. En cualquier caso, no podría hacer nada, así que pasé y me puse a dormir en el sofá.

Capítulo 4.a

En mi paseo hacia casa me puse a pensar sobre por qué era de era manera, por qué no era mejor persona. Como siempre, evité responder a esas preguntas y miré el reloj. Eran las 22:37, demasiado temprano para volver a casa un jueves como aquel, pero, aún así, decidí subir y descansar un poco.
            -Hola mamá –dije cuando llegué mirando la puerta-.
No contestó nadie, así que supuse que no habría nadie en casa. Vino a recibirme mi gato [su nombre: “Gato”, no necesitas más] pidiéndome comida de paso [puto gato, sólo para lo que le conviene se hace el bueno… Ahí va, ¡cómo la gente!]. Dejé las llaves en un pequeño cuenco de la entrada, encima de una pequeña estantería, y fui a por la comida del g ato; me fijé en que tenía toda la comida de por la tarde en el suelo de la cocina esparcida, lo miré con cara de aborrecimiento y se fue corriendo por todo el pasillo y se escondió tras un cofre en el pasillo.
Recogí la comida del suelo y fui a mi habitación. Estaba igual de desordenada que siempre, tal y como la dejé al irme a dejar la carta en casa. La cama estaba hecha completamente, sólo una pequeña figura moldeada hacia la ventana, la televisión apagada como desde hacía dos años [no suelo ver la tele, por lo que se difiere]. Cogí el MP3 y puse la primera canción que encontré: Sonata para piano nº11 K.331 [sí, sigo vivo, la música clásica no mata], me acosté en la cama y cerré los ojos para ver mejor una cosa al otro lado de la habitación. Era una araña pequeña como una uña en la pared correteando, algo inofensivo, así que los cerré completamente y me dispuse a descansar. Con el tiempo, ese “descanso” se convirtió en “sueño” y hasta las cuatro de la madrugada no abrí los ojos. Me levanté de la cama y fui a mear y beber agua. Al volver, estaba la araña en la almohada esperándome, la miré dormido, la cogí de una pata y la puse en la ventana para que se fuera [no, no la voy a matar].

viernes, 29 de julio de 2011

Capítulo 3.b

            -He visto alguna conversación con ella y en todas ellas hablas lo mejor que puedes, ortográficamente hablando, claro; cuando tú eres de esos que cree que el abecedario sólo tiene consonantes. Sabiendo que ella lee tanto como sabemos que hace y lo inteligente que parece querrías impresionarla y, con eso, interesarle [inútil, pero se hace]. También he visto los temas que tratáis. Sabes que ella pertenece a Greenpeace desde hace algún tiempo, por lo que tendrías que hablar sobre eso para acercarte a sus intereses, y es por eso por lo que te vi en la biblioteca de la universidad ojeando un libro sobre naturaleza. Además, tienes una pequeña herida con forma de N entre los dedos índice y corazón para evitar que se leyese y pudieran descubrir tu secreto [sigo sin saber por qué la gente sigue siendo tan estúpida como para autolesionarse con cosas así]. Y no, no intentes decirme que es por tu madre, porque ¿qué chico de nuestra edad se pinta cosas de su madre? Y no digamos ya el cortarse algo relacionado con sus padres. Te conozco.
Él se limitó a asentir todo lo que le había dicho y a rogarme que no contara nada a Nai.
-Mmm… Tarde, hoy por la mañana le conté todo esto, pero tranquila, le he hablado bien de ti y dice que también está interesada en ti.
-¿En serio? –preguntó sobresaltado-.
-Sí, así que timbra y dile todo lo que le tengas que decir.
Timbró y yo me aparté un poco hacia la izquierda.
            -¿Sí? –se oyó por la ventana-.
 Miramos hacia arriba y empezó a contarle que la amaba, que no podía vivir sin ella y esas gilipolleces que se dicen. Esperó unos minutos y se metió en casa Nai. Mi amigo pensó que sería para bajar y hablar más cómodos, cara a cara. Cuando volvió, una lluvia de lejía bañó al enamorado junto con unas bonitas palabras:
            -Jack me avisó de que intentarías algo así. Sé lo de vuestra apuesta, que vas a todas las corridas de toros que puedes y tu ignorancia de la existencia de vocales.
            -¡Es mentira! No tenemos ninguna apuesta, no me gusta la tauromaquia y lo de las vocales… Simplemente me ahorra tiempo.
            -También me dijo que eras un mentiroso y que sólo me fiara de él, así que adiós –y cerró la ventana-.
Mi “amigo” [cada vez menos amigos por lo que sé] me miró con cara de asesino y se limitó a preguntarme a qué vino eso, haberle arruinado la relación con la chica de su vida.
            -No me vengas con gilipolleces como esas. ¿La mujer de tu vida? ¿A tu edad? Tienes que conocer aún a cientos de personas y alguna de ellas sí, será Ella. Vamos a ver, hay seis mil millones de personas en el mundo, ¿crees de verdad que tu media naranja va a vivir a dos manzanas de tu casa? Por favor.
Él no dijo nada y agachó la cabeza pensando en lo que le había dicho. Yo me volví para casa definitivamente y cando estaba a punto de cruzar la esquina me di la vuelta y dije:
            -Por  cierto, con mi padre bien, gracias.
Y me fui.

Capítulo 3.a

A los pocos minutos de salir de aquella casa me di cuenta de la hora que era y me puse a pensar sobre qué cenar [mis conversaciones internas son muy profundas]. Terminé por decidirme por lo de siempre: película, música y cerveza. ¿Comer? ¿Para qué? Acabará saliendo de todos modos; además, ya comería algo al día siguiente.
En mi paseo hasta casa me crucé con un compañero de clase y su perro [no se veía bien quién paseaba a quién pero yo le hablé al que parecía más alto] y me pararon en medio de la calle.
            -¿Qué tal? –me preguntó-.
            -Mmm… Bien, con frío, y ¿tú? –respondí sin ganas-.
            -Aquí, paseando al perro [esto me aclaró lo de antes].
            -Ah, sí. No veía al “pequeño” pastor alemán…
            -Se llama… -comenzó-.
            -Shh –lo callé-, me la suda como se llame, lo voy a seguir llamando “pastor alemán”.
Me miró sorprendido por el corte de la frase y siguió:
            -Cliff.
            -¿Te he dicho ya que me da igual? No me acuerdo –respondí metiendo la llave en la cerradura-.
            -¿Qué tal con tu padre? –preguntó con malicia [de verdad creía que podía hacerme daño… Qué ingenuo]-.
No dije nada, no hice nada. Saqué la llave del portal y lo invité a dar un paseo mientras pensaba qué contestar [era graciosa su expresión, cada segundo con más miedo]. Pasamos al lado de la casa de una chica de clase y nos paramos.
            -¿Quién timbra y le dice que te gusta? –pregunté-.
            -¿Cómo?
            -Sé que te gusta Nai.
            -Y ¿cómo sabes esa tontería?
            -Para mí es muy fácil y creo que ella también sabe algo.
Se quedó mudo y, pasados unos minutos, revivió:
            -¿Cómo lo sabes?

miércoles, 27 de julio de 2011

Capítulo 2.b

-Usted, Anna, lleva la marca del anillo que, tras cuatro años de feliz o infeliz matrimonio, suele quedar, pero él no, de modo que, o no suele llevarlo demasiado o no le suele dar el sol pero trabajando de empresario supongo que sí debería llevarlo al descubierto; por eso en cuanto usted mencionó lo de su matrimonio, salió a por el anillo.
-¿Cómo sabes en qué trabajo?
-Sé que una casa así valdría una gran suma de dinero y que o te ha tocado la lotería, lo cual excluyo por improbable, o ganas mucho dinero.
-También me lo ha podido dejar un familiar en herencia.
-No es una zona donde viva alguien mayor que dejar en herencia, dado que estadísticamente sólo las personas mayores son las que hacen el testamento.
El hombre no dijo más.
-Otra prueba es que hoy no se ha duchado en casa, por lo que en cuanto ha venido se ha echado toda la colonia que pudo para tapar el otro aroma [nunca funciona, no lo intentes], conozco el gel que ha mencionado y no es al que huele.
-¿Has venido a mi casa a insultarme? –preguntó el marido enfadado [normal, estaba a punto de destrozar su matrimonio]-
-Mmm… No, he venido a darle una carta a su hija y a salvar a su mujer de pasar más tiempo con un cabronazo como usted, pero no se preocupe, no lo perseguiré [porque no sabía dónde iría].
-Sólo tienes eso, que ni siquiera puedes llamar pruebas –se aferró a lo último que pudo [que graciosos resultan en esos momentos]-.
-Creo que no.
Saqué del bolsillo una cosa: dos entradas de cine con una nota.
-¿Ahora me vas a pedir para salir? –preguntó irónicamente [o eso espero]-.
-Yo no, pero la rubia que lo espera abajo con el Seat rojo creo que sí; o eso, o es taquillera del cine y está descansando en el portal. Elija la opción que más le guste.
La mujer cogió la nota y la leyó para sí, sin dejársela ver a su marido [no te preocupes, yo la leí mientras subía a su casa y te la escribiré: “Lo de anoche estuvo genial, Marc. Eres uno de los pocos solteros atractivos que quedan por el mundo y me gustaría aprovechar la suerte que he tenido al encontrarte intentando llegar a algo contigo. Un beso, Clarice.”].
No dije más, dejé la carta en la mesa y los perdí de vista con una sonrisa maliciosa mientras oía los gritos y golpes de las sillas y los electrodomésticos. De repente, entró Lucy y le relaté brevemente que yo era la persona a la que le había llegado la carta que tiene en la cocina.
-¿Sabes por qué se están peleando mis padres?
-Mmm… Por una nueva amiga de tu madre, entra y pregunta por “Clarice” –dije guiñándole un ojo y saliendo por la puerta-.
Bajé al portal, le expliqué el matrimonio fantasma de Marc a la chica rubia y se ofreció a llevarme a casa. Lo rechacé amablemente y se fue en su coche. Yo me puse los cascos [tengo una amiga; sí, tengo más de una, sorprendente, ¿verdad? que me obliga a decir “auriculares”, pero ella no tiene por qué enterarse de que lo sigo diciendo] y me fui a casa siguiendo las farolas.

Capítulo 2.a

En el momento sobre el que nos moveremos tiene una serie de cosas y personas que habrá que explicar, como que hace cinco años de la actualidad [mira un calendario y no esperes a que te diga en qué año vivimos, no te degrades más, que ese es mi trabajo] conocía a una amiga, de las pocas que hoy en día podría considerar como tal, por casualidad.
Su correo había terminado en mi buzón por equivocación, el cartero no sabía distinguir entre “****” y donde lo mandó en realidad [normal, si no, no sería cartero]. Lo que hice, como buena y curiosa persona que soy, fue llevarle la carta a su casa y contarle el error, dar las gracias por recibirme y quince segundos para saber qué tipo de persona es sin preguntas. Esa tarde estaba liado y pensé ir por la noche, pero la gente suele dormir en ese momento, así que lo dejé para la tarde siguiente.
Fui a su casa a las siete, una hora a la que todo muchacho estaría con sus amigos, con la intención de esperarla en las escaleras o que sus padres me consideraran un buen chico y me permitieran entrar a su casa para hablar con ella.
-¿Sí? ¿Quién eres? –preguntó el que aparentaba ser su padre-.
-Buenas tardes, quería hablar con su hija sobre una carta que han puesto en mi buzón de su padre –respondí jugando con la carta con mis manos-.
Me miró de arriba abajo el desconfiado [creería que quería robar y en el sobre había ántrax o la cuerda con la que atarlos; en fin, más padres estúpidos] y me dejó pasar sin quitar ojo al sobre [se ve que no descartaba lo del ántrax].
-Lucy ahora no está, volverá en unas horas. Esta es mi mujer, Anna.
Ella sonrió sin muchas ganas y siguió tomando su café.
-Encantado, yo soy James [era mejor que no supieran verdadera información sobre mí, ya entenderás].
El tiempo pasaba y nadie parecía tener intención de entablar una conversación, así que comencé:
-¿Llevan muchos años casado?
Se miraron el uno al otro y la esposa respondió que llevaban cuatro felices años casados [pensé cuántos años serían los infelices]. Al instante, su marido se disculpó y salió de la cocina unos minutos que se volvieron silencio de nuevo. Cuando volvió seguí con mis preguntas:
-Me gusta su colonia, señor. ¿Con qué gel se ducha? [sí, sé que “gel” y “colonia” son cosas diferentes y que son preguntas algo personales pero ya me conoces]
-Pues… -dijo él mirando a su esposa con incertidumbre [lo siento por la palabra]-, uno de tapa blanca con “gel” en verde y grande, ¿por qué? ¿No pega con la colonia o algo así? –se reía-.
-Oh, no, no. Era la última pregunta que necesitaba para confirmar que engaña a su mujer.
Lógicamente ambos se quedaron sorprendidos y mudos ante tal deducción, [más interesante te resultará la deducción, sobre todo la última prueba que daré].

lunes, 25 de julio de 2011

Capítulo 1

Me llamo Jack, o al menos así me llamaba mi padre antes de morir. ¡Vaya! Acabo de soltar algo así con la mayor tranquilidad del mundo… Acostúmbrate, es sólo una pequeña parte de todo lo que queda por contar. Supongo que podríamos comenzar cuando conocí a Nadia, cuando me fui de viaje a miles de kilómetros de donde se ha desarrollado esta historia, o quizás deba empezar desde que apareció por pura casualidad la persona que me proporcionó el mejor verano que haya tenido nunca.
Antes de nada, establezcamos unas normas: la primera, no os diré dónde vivo, dónde me escondo ni nada por el estilo; usaré cosas como “****” para referirme a mi lugar de residencia y “escondite” donde sea que me haya escondido. Fácil, ¿verdad? Sigamos. La segunda será que tengáis presente en todo momento, desde ahora, que no os daré razones ni ayuda para psicoanalizarme ni nada parecido. Por cierto, “psicoanálisis” es una palabra de cinco sílabas, pero consta en un diccionario si lo buscas, como sé que no harás aunque no tengas ni puta idea de lo que significa.
En cualquier caso, sigamos. La tercera puede ser que la use para definirme un poco y que no parezcas tan tonto cuando intentes quebrantar la segunda norma a lo largo de esta historia. La segunda norma tiene que ver con una definición de mí… Puede que sea una pista. A los que he hecho mirar en un diccionario les he hecho perder cinco minutos –soy muy optimista- de su vida, a los que no lo han buscado por vagancia o por ignorancia les he introducido unas cuantas palabras insulsas más en su mente, y los que ya lo sabían… Se estarán riendo conmigo del otro par de gilipollas que ignoraban la existencia de esa palabra hasta hoy.
Podría describirme como lo hizo cierta persona cuyo nombre termina por una letra del abecedario –no creerías que te iba a decir su nombre y saturar más tu cerebro, ¿no?-: “cabrón manipulador que no le importa nada salvo conseguir lo que quiere, y cuando lo consigue ya no lo quiere o lo desprecia”. ¿Te has fijado que famoso soy por aquí en ese ámbito? Por cierto, también soy un mentiroso, pero no te preocupes, te avisaré cuando mienta guiñándote un ojo, dándote un codazo o de alguna otra manera que puedas percibir mejor.
Me he quedado sin normas, creo. ¡Ah, no! Lo más importante; piensa que esto es sólo una historia inventada y que le puede ocurrir a cualquiera si tuviera la estúpida idea de querer parecerse a mí. Además de todo lo anterior, pondré en cursiva todos mis soliloquios –tranquilo, intentaré buscar palabras más cercanas al comienzo del diccionario a partir de ahora- para que no haya confusiones. Una persona tan formal y buena como yo no querría provocar este tipo de incidentes, por supuesto. ¿He mentido ahora, o hace un rato en lo de mi manía de mentir que, por cierto, se traga mucha gente? Algo falla.
Por una vez en la vida iré al sentido de la corriente –sí, es un insulto mezclado con una metáfora- y  comenzar por el principio. Aunque mi presentación haya sido un tanto peculiar, al final de mi historia dirás: “encantado de conocerte”.