En el momento sobre el que nos moveremos tiene una serie de cosas y personas que habrá que explicar, como que hace cinco años de la actualidad [mira un calendario y no esperes a que te diga en qué año vivimos, no te degrades más, que ese es mi trabajo] conocía a una amiga, de las pocas que hoy en día podría considerar como tal, por casualidad.
Su correo había terminado en mi buzón por equivocación, el cartero no sabía distinguir entre “****” y donde lo mandó en realidad [normal, si no, no sería cartero]. Lo que hice, como buena y curiosa persona que soy, fue llevarle la carta a su casa y contarle el error, dar las gracias por recibirme y quince segundos para saber qué tipo de persona es sin preguntas. Esa tarde estaba liado y pensé ir por la noche, pero la gente suele dormir en ese momento, así que lo dejé para la tarde siguiente.
Fui a su casa a las siete, una hora a la que todo muchacho estaría con sus amigos, con la intención de esperarla en las escaleras o que sus padres me consideraran un buen chico y me permitieran entrar a su casa para hablar con ella.
-¿Sí? ¿Quién eres? –preguntó el que aparentaba ser su padre-.
-Buenas tardes, quería hablar con su hija sobre una carta que han puesto en mi buzón de su padre –respondí jugando con la carta con mis manos-.
Me miró de arriba abajo el desconfiado [creería que quería robar y en el sobre había ántrax o la cuerda con la que atarlos; en fin, más padres estúpidos] y me dejó pasar sin quitar ojo al sobre [se ve que no descartaba lo del ántrax].
-Lucy ahora no está, volverá en unas horas. Esta es mi mujer, Anna.
Ella sonrió sin muchas ganas y siguió tomando su café.
-Encantado, yo soy James [era mejor que no supieran verdadera información sobre mí, ya entenderás].
El tiempo pasaba y nadie parecía tener intención de entablar una conversación, así que comencé:
-¿Llevan muchos años casado?
Se miraron el uno al otro y la esposa respondió que llevaban cuatro felices años casados [pensé cuántos años serían los infelices]. Al instante, su marido se disculpó y salió de la cocina unos minutos que se volvieron silencio de nuevo. Cuando volvió seguí con mis preguntas:
-Me gusta su colonia, señor. ¿Con qué gel se ducha? [sí, sé que “gel” y “colonia” son cosas diferentes y que son preguntas algo personales pero ya me conoces]
-Pues… -dijo él mirando a su esposa con incertidumbre [lo siento por la palabra]-, uno de tapa blanca con “gel” en verde y grande, ¿por qué? ¿No pega con la colonia o algo así? –se reía-.
-Oh, no, no. Era la última pregunta que necesitaba para confirmar que engaña a su mujer.
Lógicamente ambos se quedaron sorprendidos y mudos ante tal deducción, [más interesante te resultará la deducción, sobre todo la última prueba que daré].
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